Café Vienés

on septiembre 2, 2015

vienés 11Tenía unos 6 años cuando en la biblioteca de mi abuela descubrí en un libro una imagen de la obra más conocida de Leonardo da Vinci, la Monalisa. Recuerdo que, al verla, hubo algo que despertó en mi: desde ese momento quise dedicarme al arte. Con el pasar de los años, aunque al día de hoy no es mi profesión ni vivo de ello, es algo que aún se encuentra dentro de mi, sé que tarde o temprano se apoderará de todo mi ser.

El arte siempre ha estado presente en mi vida, cuando viajo dedico por lo menos un día a visitar algún museo o alguna exposición, me detengo a observar y analizar las expresiones artísticas que encuentro a mi paso, cualquiera que éstas sean y cualquier cosa que llame la atención de mi ojo creativo. Uno de los días más felices de mi vida hasta ahora fue un 26 de octubre del 2013: el día en que la vida me regaló estar en Ámsterdam para cumplir uno de mis sueños, visitar el museo Van Gogh. Literal, llegué poco después de que lo abrieran y me fui cuando lo cerraron, no cabía en mí la emoción de estar parada frente a la obra de mi pintor favorito, aquel que fue tan incomprendido en su época y cuya genialidad estaba escondida detrás de su aparente inocencia artística.

Desde que era una adolescente el Impresionismo y Post-impresionismo se convirtieron en mis estilos preferidos, sentí enseguida una conexión con el modo en que los artistas de estas corrientes veían la realidad y la plasmaban en sus lienzos, al mismo tiempo encontré en Van Gogh la realización de las cosas que me intrigan y que espero algún día desarrollar y resolver por mi cuenta. Así mismo, Berthe Morisot es la única persona cuya vida me hubiera gustado vivir mientras que la esposa de Renoir se llamaba como yo. Poco a poco fui descubriendo varias conexiones como éstas con todos ellos y cuando estuve en Montmartre, no fue para nada extraño sentir como si hubiera pertenecido ahí; sobretodo cuando vi a un señor pintando en su estudio enfrente del Moulin de la Galette no pude evitar sentirme como en casa.

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Imagen: Café Griendsteidl en Viena (1897), Café Lolita en Ljubljana, Eslovenia (2011).

Mas o menos al mismo tiempo en que el Impresionismo comenzaba a sacudir los cimientos del arte para ser la semilla de lo que hoy conocemos como arte moderno, también nacía la producción en serie de muebles. Hasta ese entonces, éstos eran fabricados de manera artesanal, llegando incluso a realizarse verdaderas piezas de arte para las clases altas. Fue por aquellos años que un joven Alemán de nombre Michael Thonet trabajaba en desarrollar una técnica para doblar la madera maciza, y aunque había estado experimentando con tiras de chapado las cuales cocía en pegamento, no fue sino hasta la década de 1850 en que sus intentos rindieron al fin frutos.

Pronto el príncipe de Metternich, quien admiraba su trabajo, lo invitó Viena, donde después fundaría una nueva empresa con la cual obtendría el encargo de equipar palacios como el de Schwarzenberg. Más adelante, una clienta amueblaría su cafetería con la ahora famosa silla no. 14 (conocida hoy como la silla no. 214) mientras que la fama de sus productos comenzó a extenderse por todo el mundo.

Muchos creerán que Ingvar Kamprad es el responsable de la “democratización” en la industria con IKEA y sus muebles para armar; sin embargo (¡casi 100 años antes!) fue Michael Thonet quien causó revolución no sólo con una nueva técnica de producción sino también con lo que se denomina “el principio Thonet”: 1 idea, 6 piezas, 2 tuercas y 10 tornillos. De este modo, cabían hasta 36 sillas no. 14 en una caja de 1 metro cúbico, facilitando así su distribución a nivel mundial. Aún en la actualidad, los nuevos diseños de la compañía presentan el mismo principio, ejemplo de ello es el modelo 404 diseño de Stefan Diez: 1 idea, 8 piezas (imagen debajo).

Thonet Photos in Frankenberg am 14.07.2011

Cuando imagino los comienzos del impresionismo no me es difícil visualizar a Monet, Renoir, Pisarro y Degas discutiendo sus creencias artísticas sentados en sillas Thonet en algún café de Montmartre. Del mismo modo podemos ver a Liza Minelli cantar y bailar apoyada en una silla no. 214 en la película Cabaret. Cuando acompañaba a mi amigo Italiano a buscar antigüedades a Puebla, encontrar una pieza Thonet original era una de nuestras prioridades. Por supuesto, el éxito de la compañía no se basa en un solo modelo, actualmente diseñan y fabrican una amplia gama que va desde sillas y sofás hasta escritorios e iluminación, todo de manera sustentable.

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Pocos son los diseños que se mantienen vigentes en el transcurso del tiempo y que constituyen un parteaguas por lo innovadores que son. Pocos son los que permanecen y se distinguen por ser modernos y clásicos al mismo tiempo. Así pues, la silla no. 14 no sólo me gusta por su estilo y por lo que representa, sino que evoca en mi imágenes de una época de la cual desearía haber sido testigo: es como sentarse a tomar un café en la Viena de los Habsburgo, mientras leemos en el periódico la crítica que Louis Leroy hace de la exposición que se acababa de llevar a cabo en el estudio del fotógrafo Nadar en París “…Impresión, sol naciente. Impresión, estaba seguro. Debe haber alguna impresión allí dentro. ¡Y qué libertad, qué desenvoltura en la ejecución! El papel de empapelar en estado embrionario está más trabajado que este cuadro…”

*Mi agradecimiento a Larissa Kleffner de Thonet GmbH por su amable colaboración para la realización de este post.

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